La puerta secreta en la cocina de mi abuela

Historias Nuestro entorno

La cocina de mi abuela era muy grande. Estaba dividida en dos por una península, así que de un lado quedaba la cocina propiamente dicha, un lavadero doble y un montón de puertas para almacenar cacharros. Del otro quedaba el comedor de diario, la nevera, un lavadero de un solo seno y otro montón de puertas que hacían las veces de despensa.

La cocina, o sea el electrodoméstico, funcionaba a gas. Fue comprado a principios de los años 50 y tenía algunas particularidades respecto a las cocinas modernas, como un espacio entre los fogones, un reloj cuadrado y una puerta estrecha al lado de la puerta del horno.

De pequeños, los nietos entrábamos a la cocina para comer, sacar algún dulce, saltar en unas rayitas que había en el piso o medir cuántas mayólicas (cuadrados de loza) de la pared medíamos. Ninguna de estas actividades se realizaba al otro lado de la península. Como mucho nos asomábamos por encima del mostrador a ese mundo lleno de peligros donde todo era inflamable o punzocortante.

Desde nuestro puesto de vigilancia veíamos trabajar a las hornillas, con ese fuego hipnotizante y azul del gas propano. De vez en cuando veíamos también cómo entraban y salían cosas del horno. Lo mejor: el pavo de Navidad. Lo peor: cuando a la Abuela se le dio por hacer pan.

Sin embargo, nunca habíamos visto que se usara la puerta estrecha.

La cruda realidad

La realidad era cruda porque no se cocinaba nada en esa parte. JA, JA. Perdón.

Un día no aguantamos más, esperamos a la hora de la siesta y bajamos sin hacer ruido para abrir la puerta secreta. Quedamos sepultados debajo de un montón de basurilla botín muy peculiar: cajas de cubitos de carne y pollo Maggi, sobres de polvo de hornear y gelatina Royal, etiquetas de leche Gloria, bolsas de fideos Nicolini… todo vacío y guardado con cuidado… ¡pero a presión, ya que el espacio era limitado!

Intentamos guardarlo, pero no fuimos lo suficientemente rápidos, así que la abuela nos pilló in fraganti mientras yo apuntaba que había hasta tres logos diferentes de la marca Royal entre sus curiosidades, lo que indicaba que llevaba años coleccionando esos envases.

No es que mi abuela hubiera sido acumuladora, ella tenía un propósito en la vida: tener todo a punto para cuando llegaran las promociones, canjes o sorteos.

En ese momento supimos que muy cerca tenía un cajón donde guardaba sobres, lapiceros / bolígrafos… y un cerro de chapitas de Coca-Cola, Fanta, Sprite e Inca Kola, con el mismo propósito que las cajas y etiquetas.

Alea jacta est

La suerte de mi abuela pocas veces pudo estar echada porque en la práctica se le pasaba la fecha y no llegaba a enviar sus participaciones. No obstante, creo que en esas épocas canjeamos todo lo canjeable , especialmente lo que que sacó alguna vez Coca-Cola.

Con el tiempo cambiaron las reglas de las promociones y únicamente podías participar con envases marcados, así las etiquetas antiguas quedaban automáticamente descalificadas.

Tuvo que deshacerse de todo lo que había guardado, pero era reacia. Hoy me he enterado que antes de nuestro hallazgo sus hijos le habían hecho botar a la basura unas 50 latas de Ovaltine y a los pocos días se anunció que se podía canjear una lata vacía por un vaso especial. Normal que sintiera apego.

En fin, a pesar de todo hubo dos sorteos que sí ganó.

Las ollas de Dorina

Dorina era una marca de margarina con leche, similar a la Tulipán española y de la misma casa (UNILEVER). Venía en unos tarros de plástico redondos, blancos, con flores y la frase «Dorina es rica y suavecita»

Las tapas de Dorina también servían para las promociones y en una de esas la Abuela ganó una batería de ollas con las asas bañadas en oro. No le gustaron porque las tapas eran de vidrio y le parecían pesadas y frágiles, así que se quedaron en una caja durante muchos años y siguió usando sus ollas de siempre, de metal, con tapas rojas y asas de plástico.

A su favor debo decir que cuando los miembros de la siguiente generación empezaron a usar las ollas deluxe, comprobaron que las asas de oro se calentaban y había que cogerlas con agarraderas de tela.

Vil metal.

El Pasaporte D’Onofrio

Ya lo había mencionado cuando hablé de chocolates peruanos, pero me voy a explayar un poco.

El Pasaporte D’Onofrio era como el ticket dorado de Willy Wonka: te daba derecho a entrar a la fábrica de galletas y chocolates durante algunos minutos y llenar una maleta con lo que quisieras. Un sueño.

Los abuelos enviaron participaciones a nombre de todos sus nietos y la suerte estuvo de lado de mi hermana… a quien no le gusta el chocolate.

No recuerdo por qué finalmente no pudo ir a la fábrica como los otros ganadores, tal vez estaba enferma o tenía un examen o algo así.

Los organizadores le preguntaron sus preferencias y le prepararon la maleta con una muestra de todos los productos y una selección de sus favoritos: las galletas más simples… y espantosas bolsitas de pasas. Todos felices, supongo.

Mi hermana, por supuesto, dividió el premio equitativamente entre toda la familia (cosa que yo no habría hecho) y escondió su parte en un lugar inalcanzable (que alcancé).

Es una lástima tener que robar lo que ni siquiera te gusta.

A partir de ese momento creí en la suerte y empecé a participar en algunos sorteos. Algunos incluso los he ganado de las maneras más curiosas, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

Y si aún te lo seguías preguntando, ¡en la puerta secreta iba una cosa para poner la carne y que diera vueltas!

***
Te leo el post aquí:

18 comentarios

Fabiola 28 enero, 2020 at 9:42 pm

jajaja las cocinas siempre han sido lugares de misterio. A mi también me votaban de la cocina porque mi mama era un flash cocinando y yo era muy lenteja para ayudar!! Que monos tus dibujitos!! Algunos los he empezado a calcar jajaja algún día me saldrá algo decente espontáneamente!!

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remorada 29 enero, 2020 at 4:39 pm

me has hecho reír xDDDDDDDDDD

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Bego 30 enero, 2020 at 10:36 pm

La realidad era cruda JAJAJAJA
Todos somos un poco tu abuela. Yo guardo los puntos del corte inglés para reutilizarlos de una promoción a otra 🙈

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Izaya Una Mamá en la Cocina 28 enero, 2020 at 10:12 pm

Me parto, yo también soy de coleccionar para sorteos y concursos 😅😅

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remorada 29 enero, 2020 at 4:39 pm

y también tienes compartimentos secretos? xD

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La Hipstérica 28 enero, 2020 at 10:42 pm

Por un lado me encanta el audio. Por otro me has hecho recordar las tapas de Tulipán que también se usaron por aquí para los sorteos y recuerdo que si mandabas algunas, te enviaban una mantequillera como una mazorca de maíz en relieve en la tapa. Vale, me siento vieja.

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remorada 29 enero, 2020 at 4:40 pm

ahora necesito una mantequillera mazorca xDDDDDDDD

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Estela 29 enero, 2020 at 1:19 pm

Que suerte la de tu hermana al ganar ese sorteo, y que generosa en compartirlo.
Es lindo como de chicos hay cosas que nos parecen misteriosas pero son de lo más normales..
beso

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remorada 29 enero, 2020 at 4:41 pm

sí! hizo paquetes para todos los tíos, primos, etc y claro que me dio una parte, pero yo siempre quise más xDDD

y eso es cierto, con que no te dejen ver una cosa ya le imaginas mil historias! ^^

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JLO 29 enero, 2020 at 6:05 pm

lo de robarse entre hermanos lo entiendo jeje y además me encantó eso de que incluyas un audio de la entrada, muy completo esto ja… me quedo por acá entonces, saludos a ambos!

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remorada 30 enero, 2020 at 9:41 am

llevo tres posts con audio, espero poder seguir con ellos, pero no destaco por mi constancia! xD

bienvenida! <3

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Azul Celeste 29 enero, 2020 at 6:25 pm

En casa de mi suegra hay una estufa parecida a la de tu abuelita, alguna vez he abierto la puerta secreta, pero hace tanto que ya se me olvidó, voy a ir de nuevo nomás para esculcarle.
Mi suegra tiene muchos muebles antiguos, así que ir a su casa es como viajar al pasado, a mi niñez, que también me crié con mis abuelitos y eran los muebles de la misma generación.
Cómo me gustan las historias de tu infancia.
Un abrazo grande Fran.

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remorada 30 enero, 2020 at 9:43 am

Ahora tengo curiosidad por saber lo que tiene tu suegra en la cocina xDDD

en la casa nueva tenemos un horno (pero de una sola puerta, bu) y le estamos sacando el jugo porque es facilísimo de usar! me acuerdo cuando mi abuela tenía que prender el suyo y era todo un show x)

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Azul Celeste 5 febrero, 2020 at 7:02 pm

Lo bueno que sí usan el horno, yo tengo una estufa que compré cuando me casé y a todas las mudanzas la he llevado conmigo, 22 años juntas y jamás he usado el horno, ni lo usaré, yo le tengo pavor.

Un abrazote Fran!!!

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Marialu R 31 enero, 2020 at 10:28 am

Muy fan de tu abuela

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Pepa 31 enero, 2020 at 3:50 pm

Me encantan las historias de tu familia, son súper divertidas 😉

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Mo 3 febrero, 2020 at 10:43 am

La cruda realidad… XDDDDD
Tienes una memoria prodigiosa!! Esperando la historia de los sorteos :)
Muas!

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petiteblasa 16 febrero, 2020 at 11:18 am

Me ha hecho un montón de gracia el post porque tengo una cocina muuuuy parecida (vivo en el siglo XVI), pero en mi «puerta secreta» lo que hay es la bombona de butano con la que funciona la cocina. Por cierto, me ENCANTA tu voz, serías una buenísima lectora de cuentos para niños.

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